24 de septiembre de 2011

Terapia mental


Ahora, su cara como que se borró. En mis sueños aparece, tímidamente, como diciendo 'aquí estoy' y se va. Como un fantasma que quiere ser recordado siempre. Sé que es él, pero su cara no es la que se supone que fuera.
Anoche se me apareció. Bueno, en realidad no. Iba cruzando yo una calle, en dirección a mi casa, y me encontré con un tipo que me metió conversa. Me saludó diciendo que era un amigo de Gabriel y compañero de universidad de mi ex. La verdad es que en la vida real yo nunca conocí a este personaje, ni a la manga de chiquillos pirulos que se aparecieron luego en mi sueño. Típicos chiquillos rubios, altos, con la voz arrastrada, con aire de superioridad, todos de barrio alto que estudian medicina. Me saludaron como si me conocieran de toda la vida, diciendo que extrañaban verme en las reuniones sociales -¡qué estupidez!- pero se veían tristes. Me dijeron que iban a la casa de mi ex, a estudiar o algo parecido. Otro punto a aclarar, es que la casa de mi ex queda mucho más lejos de donde se encuentra mi casa, pero en mi sueño quedaba a unas cuadras y el camino para llegar era el mismo. Cuando iban a doblar por un pasaje, para ir a la casa del susodicho, me miraron extrañados porque no doblé con ellos, como si no supieran lo que había pasado. Me ofrecieron ir con ellos, pero les dije que no y seguí mi camino.

En este punto me detengo, porque me llamó la atención mi entreza al momento de rechazar la invitación. ¿Mi subconciente hablando? Puede ser. Antes era medio escéptica en eso del significado de los sueños y la importancia de ellos, para mí eran simples sueños, como ver la televisión, pero con los ojos cerrados, donde tú eres la protagonista de tu propia telenovela. Sin embargo, desde que conocí a Fabián, no sé porqué ahora me importan en demasía. Quizás tenga la secreta esperanza de que cuando deje de aparecerse, será el día que lo olvide para siempre.
Ahora, otro punto importante es que he soñado con él un par de veces últimamente, pero en cambio a veces anteriores, ya no despierto abrumada o con el día arruinado; es un simple sueño y listo.

Creo que algún día, hasta dejaré de escribir sobre él, pero según mi terapeuta mental, es menester que escriba todo y lo saque de mi ser. No me averguenza escribir de él y que la gente piense que sigo pegada, o hasta que él lea estas líneas y se sienta con el ego en las nubes. Eso da igual.
Estoy feliz escribiendo estas líneas, porque pronto puedo comparar como estaba hace un par de meses, que su recuerdo ocupaba la mayor parte de mis pensamientos y ahora se limitan a muy poco.
Ahora sonrío, vivo mi vida, leo, escribo, toco guitarra - gracias a mi pololo - salgo, disfruto, comparto con mis amigos, mi familia amada, me preocupo de mí, tomo las riendas de mi propia vida y renazco de unas cenizas que me tenían marchita.
Viviendo el duelo, como me dijo el psicólogo de mi pololo. Si no fuera por él, quizás seguiría igual de mal que antes. Él me ha ayudado tanto. Cualquier otro hubiera corrido despavorido, asqueado de una tipa que no ha logrado olvidar un amor y todavía no le cicatriza el corazón roto. Sin embargo, él ha sido mi confidente y me ha aguantado las mil y una pataletas. No sé como lo hace. Yo tengo miedo que se vaya, pero es tan terco, que se queda conmigo y yo se lo agradezco.
Él conoce algunas de mis historias y no me ha juzgado por ellas. A él le preocupa quien soy ahora, no quien fuí.
¿Cómo no quererlo? Me trata como una reina. Él me dijo que nunca nadie me ha tratado de la manera que él me trata, sin aires de creerse superior, porque el narcisismo no le llama la atención, él se conoce bien y conoce de gentes y actitudes y sabe, por mis historias, que la afirmación tiene cabida. Yo no se lo niego, porque es verdad. Sin dejar de lado que hubieron amores que me trataron bien, que fueron dos, quedé muy mal trecha de uno que no fue de los mejores y eso me hizo perder la confianza y pensar mal de los hombres. Sin embargo, Fabián arrasó con todas esas dudas. Él es mi príncipe morado.

Desde mi último episodio de desgracia, que fue hace muy poco, creo haber crecido en mi mejoramiento. Entendí que no puedo deshacerme de su recuerdo de sopletón, que debo dejar que el tiempo y las vivencias llenen mi mente de nuevos recuerdos. No se puede jugar así con la vida. Sin bien es cierto, somos dueños de lo que hacemos o dejamos de hacer, no hay que pasar llevar los planes que tiene Dios para con nosotros. Él tiene un plan especial para mí, como bien me lo ha hecho saber, pero no debo apurar mi destino. Confío en Él y sé que nada malo ha de pasarme si me encomiendo a su voluntad.
Entre tanto, yo seguiré viviendo mi duelo. Dicen que el duelo de un amor que se va es más difícil de superar que la muerte de un ser querido, porque el ser querido se va, pero en el corazón queda que esa persona se fue queriéndote. En el duelo de un amor, la persona se va porque ya no quiere nada contigo y el tormento es peor cuando sabes que puedes buscarlo y encontrarlo sin ninguna dificultad.
Yo estuve mal un buen tiempo, pero gracias a Dios entendí que si él quería irse, pues que se fuera. No tenía intenciones de seguirlo, ni recuperarlo, porque no me correspondía. Si él no quería estar conmigo, no iba a obligarlo. En fin, ya no vale la pena darse vueltas otra vez en ese tema, porque es añejo. Tengo claro lo que hice y lo que no. No me arrepiento de nada, porque de no ser así, no me habría reencontrado con mi Fabián, no habría vivido este amor nuevo, un poco dificultoso de llevar a cabo, pero la lucha por proteger este amor, es mucho más enriquecedor que el motivo de nuestras desavenencias.

Ahora que lo pienso, este es el año en que más he escrito, el que más libros he leído, el que más mal la he pasado emocionamente, pero ha sido el más divertido, porque he reaparecido. Ahora soy la Ximena de hace 5 años, un poco más madura, más curtida, más fuerte a los embates de la vida. Una Ximena que se había perdido, en pos de complacer a un hombre que sólo sabe Dios si lo valoró o no. Eso poco importa ahora. Hoy soy diferente y no he cambiado porque quize, simplemente he incorporado lo que he ido aprendiendo en el camino.

Me gusto ahora. Soy puedo decir que empiezo a ser verdaderamente feliz.


NOTA DE AUTOR: Por exceso al ingreso máximo de caracteres en mi fotolog (www.fotolog.com/kymenah), publico esta entrada acá.

22 de septiembre de 2011

Cama de alquiler





Desnudante,
porque con las manos eres hábil
Allá, refugiados en nuestro motel acostumbrado,
encontramos las reconciliaciones
y nos amamos.

Desnudo,
eres mío
Miro tu cuerpo, tan hombre
Adonis no eres,
para los cánones que la gente tiene arraigados
Para mí eres hermoso, perfecto

Piel morena
piernas gruesas
velludas
abdómen abultado
brazos firmes, fuertes
sexo generoso
trasero redondo
espalda ancha
pies grandes, suficientes
cadera recta, proporcional
hombros apaisados
cabellera embrollada, larga, curva
ojos pequeños
nariz corta
labios carnosos
dientes separados
lengua rosada, revoltosa

Insaciable a la hora de amar
Tienes sed de caricias eternas
de miradas longevas
de palabras susurradas
de placeres perpetuos
de amor completo

En nuetra cama alquilada
somos uno
fugaces, furtivos,
cómplices
amantes

Deseo complacer tu sed
y dejarte rendido
sin aliento
muestra de todo lo que te quiero
muestra de un amor verdadero
prueba de que mi cuerpo es tuyo
prueba de que nos merecemos
señal de que fuimos hechos
el uno para el otro

18 de septiembre de 2011

Pasajero

Thinking how it used to be,
Does she still remember times like this?...

Sonó la alarma.
Despertó con esa extrañeza de quien sueña con algo o con alguien que no se desea concientemente. Se sentía extraña.
Se incorporó levemente, tratando de recordar cada escena, sin embargo, sin hacer mucho esfuerzo se acordó del asunto principal del sueño, de lo que se trataba y despaviló.
No sabía si catalogarlo como sueño o una broma pesada de su subconsciente.

Prendió el calefon, puso agua en la tetera.
Buscó un par de toallas.
Entró al baño, abrió la llave del agua caliente y se desnudó.
No pudo evitar contemplar su anatomía en aquel espejo, cayendo en cuenta de cómo va cambiando con los años. Se detuvo en cada detalle y reprochó sus imperfecciones.
Tenía más cuerpo del que debía, para alguien de su edad. Los senos comenzaron a descender
desde hacia años, por no haber vestido corpiño entrenador desde que entró en la adolescencia.
Tenía pelos por todos lados. No era muy amiga de la depilación. Le gusta ser más natural.
Se le hacían pequeños hoyuelos en el trasero, claro signo de las bebidas carbonatadas que consumía de mona.
La piel estaba blanca, descuidada, sin un ápice de crema para el cuerpo. Mala hidratación, cero humectación. Se veía reseca, tan ella...
Se metió a la ducha y el chorro de agua caliente que la cubrió, de la cabeza a los pies, la terminó de despavilar completamente. Cuando estaba en el agua se transportaba a otro mundo, al que pertenecía. A veces ella pensaba que en su vida anterior había sido un pez o algún otro animalejo del fondo marino. Su amor por el agua era muy peculiar, casi enfermizo.
Cogió el manojo de cabellos negros que tiene plantado en la cabeza y le aplicó un poco de shampoo y lo frotó enérgicamente, para limpiar cada hebra. Luego tomó la esponja, le vertió jabón de glicerina y se refregó cada cm2 de piel a la vista, queriéndo sacarse la mugre que llevaba dentro, pero era imposible.

Salió de la ducha y se deslizó rápidamente hacia su habitación.
Con calma eligió lo que iba a vestir ese día. Escogió los jeans regalones, esos que ya se estaban deformando por tanto uso; se puso dos pares de calcetines, porque pensaba que mientras mantenga los pies tibios, el resto de cuerpo funciona armónicamente; decidió colocarse la blusa de muselina floreada, la chaqueta de cuerina café, unos aritos artesanales de nacar verde, un collar de cuentas del mismo color, las zapatillas chapulinas, todas rotas por el abuso; el pelo tomado con una traba, unas gotas de agua de colonia por aquí, por allá y un leve toque de lápiz labial.

Cogió su bolsón, registró la cocina por un refrigerio a modo de desayuno y partió. La tetera quedó con el agua caliente. Nunca tuvo intención de prepararse una taza de té.
Prendió un cigarrillo. Era demasiado temprano para fumar, tan temprano que resulta mucho más que inapropiado, sobre todo para una joven de su edad. Eso a ella no le importaba. Eran sus pulmones, su mal aliento, su ropa pasada a humo. Lo demás, al carajo.

En su mente seguían apareciendo las imágenes del aquel sueño. La sola presencia ya le arruinaba el día, pero no iba a dejar abatirse por aquello, sobretodo porque no era real. No debía.

Iba enfrascada en el torbellino de ideas matutinas, imaginando cómo sería aquel día y de cómo podría hacerlo distinto al día anterior. Entre cada bocanada de humo, el estómago se le iba revolviendo. No había comido nada y podría empezarle una fatiga, así que tiró la colilla con furia y la apagó con la puntilla del pie, sintiendo que ese acto no podía ser menos cool y rudo.

Llegó a la parada, donde encontró un puñado de gente con caras ojerosas y con aire de querer volver a la cama. ¿Para dónde irá toda esa gente? Ella se ríe con la idea de que ellos sean los extras de su película.

Tomó la micro y, afortunadamente, encontró un asiento. Cosa rara hoy en día, ya que esta ciudad debe ya bordear los siete millones de personas, si es que no más. Se sentó y de inmediato sacó el libro de turno. Concluyó que eso alejaría los recuerdos de su mente.
Leyó silenciosamente todo el trayecto, sin mirar siquiera si alguien necesitara el asiento que ella ocupaba. No falta la señora con cara de cansancio, de pies hinchados y bolsas repletas de compras domésticas que miran a los sentados como diciendo 'yo lo necesito más que tú'.

Miró por la ventana. Ya era hora de bajarse. Se aproximó a la puerta con gran dificultad, puesto que la micro iba decentemente llena, lo suficiente como para pedir permiso para desplazarse.
Se bajó de la micro, guardó el libro en el bolsón, miró la hora -es temprano- pensó. Sacó otro cigarro y lo encendió. El sueño la había dejado un tanto perturbada y con los nervios intranquilos. Sólo un cigarro podía calmarla por cinco minutos.
Caminó hasta su instituto, mientras miraba a la gente que la rodeaba. Habían unos cuantos escolares que parecían decididos a no asistir a clases, personas vestidas con uniforme para el trabajo, un atuendo semi formal, como ahora se usa tanto; abuelitas que quien sabe dónde iban a esas tempranas horas de la madrugada, uno que otro quiltro vagabundo y los choferes de autos rabiosos, apurados por llegar a destino.
Cruzó la gran 'Alameda de las Delicias' por el paso demarcado, caminó por calle Namur y a mano derecha se encontró con el instituto. Subió los cinco pisos, casi sin respiración, y entró a la sala que le correspondía. Algunas de sus compañeras ya había llegado. Las saludó cortesmente y se sentó al lado de la ventana. Habían veces en que la clase era muy latera para ella y su mejor distractor era mirar por aquella ventana. Desde allí podía ver a la gente transitar por la calle Estados Unidos, ver pasar a los cinco poodles -cuatro blancos y uno negro- que pasean sueltos junto a su amo; veía los edificios y sus techumbres, las ramas de los árboles moverse al compás del viento, una que otra paloma posarse en las lámparas de los postes, la antena de la Radio del edificio de enfrente, el patio lleno de vehículos de la Cámara de Comercio, el cielo poniente de la contaminada ciudad.

La clase pasó sin pena ni gloria. Unos cuantos ejercicios, los cuales ella resolvió todos a la mitad. Su mente estaba perdida en otro punto de la capital.
La profesora se despidió amablemente y abandonó la sala. Sus compañeras se aprontaban a salir. Sería una tarde extenuante.

A eso de las cinco y pico de la tarde estuvo libre para regresar a su casa. Caminó acompañada por sus compañeras al paradero de la micro. En el camino pasaron por el quiosco a comprarse una golosina.
No pudo evitar mirar cada auto que esperaba la luz verde en la calle Irene Morales. ¿Para qué lo hacía? Era muy poco probable de encontrárselo de nuevo allí. Se reprochó por ser tan tonta y siguió su camino.
Otra vez, el paradero repleto de gente que, posiblemente, retornaran a sus casas. Se veían más cansados que en la mañana, deseosos de llegar a destino. Pasó la micro vacía y el mogollón de gente se avalanzó a la puerta para poder entrar y asegurarse un asiento, el cual no ofrecerían con la excusa de ir durmiendo. Ella se coloca en un punto estratégico. Si bien no demuestra interés por irse sentada, sí se preocupa de coger el asiento de su preferencia, así que ella calcula las distancias del paradero, el número de gente que se subirá, la frecuencia de los recorridos, los turnos del semáforo, etc.
Consiguió ese puesto que a ella le gusta, segunda puerta a la derecha, asiento a la ventana. Esta vez el plan era la música. Sacó su mp3 del bolsón, lo encendió, se colocó los audífonos y seleccionó una canción.
Esas canciones. Ella sabía que no le hacían bien. Volvían a su mente los recuerdos. Esas canciones que escucharon una vez juntos. Las que él le dedicó, las que ella le dedicó a él, las canciones con las que rieron, con las que soñaron, las que cantaron juntos.
Ella las iba cantando mentalmente, recordando, extrañando. Miraba las calles y cada rincón le traía un recuerdo. Se preguntaba dónde estaría, con quién, qué estaría haciendo, ¿la extrañaría?.
Llegó a su destino. Cruzó unas cuantas calles, se metió por unos pasajes, saludo unos cuantos vecinos, sacó las llaves de su casa y entró. Se fue directo a su pieza. Se deshizo de todas aquellas cosas que le estorbaban: el bolsón, la chaqueta, los aritos, el collar de cuentas, las chapulinas y se tiró en su pequeña cama de una plaza.
Cerró los ojos.
Escuchaba las voces de su pensamiento, ideas incoherentes, vagas, pero lo peor eran las imágenes. Lo veía a él, ese último día, cuando abrazados en su cama se despidió de ella, mientras ella le mojaba el polerón con lagrimones. Él la abrazaba fuertemente, ella lo olía por última vez. El mundo se le había derrumbado.
En la mesa a la hora de la once, con los ojos llorosos y el mentón que le tiritaba. Él le ofreció hacerle un pan, ella no quizo comer nada. Los padres de él la miraban extrañados. La madre la miró y le preguntó que porqué tan tirste. Ella la miró con ojos de sufrimiento y no tuvo que preguntar más.
Se ofreció a ir a dejarla y partieron. Él cometió el error de poner esa canción en el reproductor del auto: -Sweet euphoria, mine is the heart you own... - aquella que él le había dedicado cuando recién se habían emparejado. Ella lloró con un dolor que podría haber desarmado a cualquiera.

Pasaron horas, no sabe cuantas, en las que ella permaneció tirada en cama, invocando la memoria de quien ya no estaba cerca. La pieza estaba oscura, ningún sonido violaba tal tanquilidad.
Se sacó toda la ropa y desnuda se metió a la cama. Rezó. Le pidió a Dios que la ayudara a olvidarlo. Rezó tanto que no se dió cuenta cuando ya estaba dormida, en pocisión fetal, con una lágrima en la mejilla.
Esa noche, él también la fue a visitar.

Yo sólo quiero que recuerdes eso, que fui un pasajero, allá entre tus sueños...
Fue la última canción que él le dedicó.

Esa fue su maldición.

14 de septiembre de 2011

Óscar Prado


En la solapa de la camisa llevaba el pañuelo.
En la cara, llena de surcos, tenía
los nombres de todas su vivencias.
Las manos las tenía deformes, por el oficio,
yo a veces creía que era un gorila,
porque tenía el pulgar medio raro.
La gente podría creer que era un viejo débil,
pero su carácter, su vozarrón y su increíble fuerza,
labrada con sus años como carpintero hábil,
quitaban cualquier mínima duda.
Era viejo mañoso. Orgulloso.
¡El Tango al despertar! Él en su taller.
El desayuno con su mujer a las 7 de la mañana.
El furgón y luego el 'Delorean'.
Emmett... Se parecía el viejo.
Ese viaje a Caleta Tunquén,
Me hizo llorar. Caminamos tanto...
pero la vista fue hermosa.

Se le abría la llave al comer
y el salero no podía faltar en su mesa.

Las excursiones llenaron mi infantil mente de aventuras. Él nos guiaba.
Era viejo sabio. De esos, no sé si aún quedan.

'El cuarto' estaba lleno de herramientas
de todos los tipos, hasta los más impensados.
Podía pasar horas intruseando.

Lamento no tener recuerdos de mi más tierna infancia,
apenas nacida, que por causas del destino,
llegué a vivir a su casa cuando aún no me destetaban.

Hay fotos nuestras. La más linda, en el comedor.
Cuando me marche, la llevaré conmigo.

Viejo, te extraño.
Quisiera haber compartido más contigo, haberte conocido aún más.
Haberte abrazado fuerte, ese último día, decirte que
te quería y que te sigo queriendo mucho y que siempre me harás falta,
mas la verguenza me detuvo.
Fuiste el único abuelo que cumplió su rol como tal,
sin llevar tu sangre en las venas, ni ser pariente mío.

No puedo evitar llorar con estas líneas...
Ni hacerme la fuerte escuchando un Tango.

Extraño verte. Correr y abrazarte y gritarte: ¡TATA!

Me costó un mundo volver a tu casa después de tu partida, pero mañana voy a verte, viejito, al Quisco.

Desde el cielo, cuídame, cuida a mi familia,
a la tuya y, sobre todo, cuida a la viejita.

Y gracias,
por todo lo que vivimos juntos.


Hasta pronto, Tata Óscar.

http://www.youtube.com/watch?v=I5JQ1m3mxKw