18 de septiembre de 2011

Pasajero

Thinking how it used to be,
Does she still remember times like this?...

Sonó la alarma.
Despertó con esa extrañeza de quien sueña con algo o con alguien que no se desea concientemente. Se sentía extraña.
Se incorporó levemente, tratando de recordar cada escena, sin embargo, sin hacer mucho esfuerzo se acordó del asunto principal del sueño, de lo que se trataba y despaviló.
No sabía si catalogarlo como sueño o una broma pesada de su subconsciente.

Prendió el calefon, puso agua en la tetera.
Buscó un par de toallas.
Entró al baño, abrió la llave del agua caliente y se desnudó.
No pudo evitar contemplar su anatomía en aquel espejo, cayendo en cuenta de cómo va cambiando con los años. Se detuvo en cada detalle y reprochó sus imperfecciones.
Tenía más cuerpo del que debía, para alguien de su edad. Los senos comenzaron a descender
desde hacia años, por no haber vestido corpiño entrenador desde que entró en la adolescencia.
Tenía pelos por todos lados. No era muy amiga de la depilación. Le gusta ser más natural.
Se le hacían pequeños hoyuelos en el trasero, claro signo de las bebidas carbonatadas que consumía de mona.
La piel estaba blanca, descuidada, sin un ápice de crema para el cuerpo. Mala hidratación, cero humectación. Se veía reseca, tan ella...
Se metió a la ducha y el chorro de agua caliente que la cubrió, de la cabeza a los pies, la terminó de despavilar completamente. Cuando estaba en el agua se transportaba a otro mundo, al que pertenecía. A veces ella pensaba que en su vida anterior había sido un pez o algún otro animalejo del fondo marino. Su amor por el agua era muy peculiar, casi enfermizo.
Cogió el manojo de cabellos negros que tiene plantado en la cabeza y le aplicó un poco de shampoo y lo frotó enérgicamente, para limpiar cada hebra. Luego tomó la esponja, le vertió jabón de glicerina y se refregó cada cm2 de piel a la vista, queriéndo sacarse la mugre que llevaba dentro, pero era imposible.

Salió de la ducha y se deslizó rápidamente hacia su habitación.
Con calma eligió lo que iba a vestir ese día. Escogió los jeans regalones, esos que ya se estaban deformando por tanto uso; se puso dos pares de calcetines, porque pensaba que mientras mantenga los pies tibios, el resto de cuerpo funciona armónicamente; decidió colocarse la blusa de muselina floreada, la chaqueta de cuerina café, unos aritos artesanales de nacar verde, un collar de cuentas del mismo color, las zapatillas chapulinas, todas rotas por el abuso; el pelo tomado con una traba, unas gotas de agua de colonia por aquí, por allá y un leve toque de lápiz labial.

Cogió su bolsón, registró la cocina por un refrigerio a modo de desayuno y partió. La tetera quedó con el agua caliente. Nunca tuvo intención de prepararse una taza de té.
Prendió un cigarrillo. Era demasiado temprano para fumar, tan temprano que resulta mucho más que inapropiado, sobre todo para una joven de su edad. Eso a ella no le importaba. Eran sus pulmones, su mal aliento, su ropa pasada a humo. Lo demás, al carajo.

En su mente seguían apareciendo las imágenes del aquel sueño. La sola presencia ya le arruinaba el día, pero no iba a dejar abatirse por aquello, sobretodo porque no era real. No debía.

Iba enfrascada en el torbellino de ideas matutinas, imaginando cómo sería aquel día y de cómo podría hacerlo distinto al día anterior. Entre cada bocanada de humo, el estómago se le iba revolviendo. No había comido nada y podría empezarle una fatiga, así que tiró la colilla con furia y la apagó con la puntilla del pie, sintiendo que ese acto no podía ser menos cool y rudo.

Llegó a la parada, donde encontró un puñado de gente con caras ojerosas y con aire de querer volver a la cama. ¿Para dónde irá toda esa gente? Ella se ríe con la idea de que ellos sean los extras de su película.

Tomó la micro y, afortunadamente, encontró un asiento. Cosa rara hoy en día, ya que esta ciudad debe ya bordear los siete millones de personas, si es que no más. Se sentó y de inmediato sacó el libro de turno. Concluyó que eso alejaría los recuerdos de su mente.
Leyó silenciosamente todo el trayecto, sin mirar siquiera si alguien necesitara el asiento que ella ocupaba. No falta la señora con cara de cansancio, de pies hinchados y bolsas repletas de compras domésticas que miran a los sentados como diciendo 'yo lo necesito más que tú'.

Miró por la ventana. Ya era hora de bajarse. Se aproximó a la puerta con gran dificultad, puesto que la micro iba decentemente llena, lo suficiente como para pedir permiso para desplazarse.
Se bajó de la micro, guardó el libro en el bolsón, miró la hora -es temprano- pensó. Sacó otro cigarro y lo encendió. El sueño la había dejado un tanto perturbada y con los nervios intranquilos. Sólo un cigarro podía calmarla por cinco minutos.
Caminó hasta su instituto, mientras miraba a la gente que la rodeaba. Habían unos cuantos escolares que parecían decididos a no asistir a clases, personas vestidas con uniforme para el trabajo, un atuendo semi formal, como ahora se usa tanto; abuelitas que quien sabe dónde iban a esas tempranas horas de la madrugada, uno que otro quiltro vagabundo y los choferes de autos rabiosos, apurados por llegar a destino.
Cruzó la gran 'Alameda de las Delicias' por el paso demarcado, caminó por calle Namur y a mano derecha se encontró con el instituto. Subió los cinco pisos, casi sin respiración, y entró a la sala que le correspondía. Algunas de sus compañeras ya había llegado. Las saludó cortesmente y se sentó al lado de la ventana. Habían veces en que la clase era muy latera para ella y su mejor distractor era mirar por aquella ventana. Desde allí podía ver a la gente transitar por la calle Estados Unidos, ver pasar a los cinco poodles -cuatro blancos y uno negro- que pasean sueltos junto a su amo; veía los edificios y sus techumbres, las ramas de los árboles moverse al compás del viento, una que otra paloma posarse en las lámparas de los postes, la antena de la Radio del edificio de enfrente, el patio lleno de vehículos de la Cámara de Comercio, el cielo poniente de la contaminada ciudad.

La clase pasó sin pena ni gloria. Unos cuantos ejercicios, los cuales ella resolvió todos a la mitad. Su mente estaba perdida en otro punto de la capital.
La profesora se despidió amablemente y abandonó la sala. Sus compañeras se aprontaban a salir. Sería una tarde extenuante.

A eso de las cinco y pico de la tarde estuvo libre para regresar a su casa. Caminó acompañada por sus compañeras al paradero de la micro. En el camino pasaron por el quiosco a comprarse una golosina.
No pudo evitar mirar cada auto que esperaba la luz verde en la calle Irene Morales. ¿Para qué lo hacía? Era muy poco probable de encontrárselo de nuevo allí. Se reprochó por ser tan tonta y siguió su camino.
Otra vez, el paradero repleto de gente que, posiblemente, retornaran a sus casas. Se veían más cansados que en la mañana, deseosos de llegar a destino. Pasó la micro vacía y el mogollón de gente se avalanzó a la puerta para poder entrar y asegurarse un asiento, el cual no ofrecerían con la excusa de ir durmiendo. Ella se coloca en un punto estratégico. Si bien no demuestra interés por irse sentada, sí se preocupa de coger el asiento de su preferencia, así que ella calcula las distancias del paradero, el número de gente que se subirá, la frecuencia de los recorridos, los turnos del semáforo, etc.
Consiguió ese puesto que a ella le gusta, segunda puerta a la derecha, asiento a la ventana. Esta vez el plan era la música. Sacó su mp3 del bolsón, lo encendió, se colocó los audífonos y seleccionó una canción.
Esas canciones. Ella sabía que no le hacían bien. Volvían a su mente los recuerdos. Esas canciones que escucharon una vez juntos. Las que él le dedicó, las que ella le dedicó a él, las canciones con las que rieron, con las que soñaron, las que cantaron juntos.
Ella las iba cantando mentalmente, recordando, extrañando. Miraba las calles y cada rincón le traía un recuerdo. Se preguntaba dónde estaría, con quién, qué estaría haciendo, ¿la extrañaría?.
Llegó a su destino. Cruzó unas cuantas calles, se metió por unos pasajes, saludo unos cuantos vecinos, sacó las llaves de su casa y entró. Se fue directo a su pieza. Se deshizo de todas aquellas cosas que le estorbaban: el bolsón, la chaqueta, los aritos, el collar de cuentas, las chapulinas y se tiró en su pequeña cama de una plaza.
Cerró los ojos.
Escuchaba las voces de su pensamiento, ideas incoherentes, vagas, pero lo peor eran las imágenes. Lo veía a él, ese último día, cuando abrazados en su cama se despidió de ella, mientras ella le mojaba el polerón con lagrimones. Él la abrazaba fuertemente, ella lo olía por última vez. El mundo se le había derrumbado.
En la mesa a la hora de la once, con los ojos llorosos y el mentón que le tiritaba. Él le ofreció hacerle un pan, ella no quizo comer nada. Los padres de él la miraban extrañados. La madre la miró y le preguntó que porqué tan tirste. Ella la miró con ojos de sufrimiento y no tuvo que preguntar más.
Se ofreció a ir a dejarla y partieron. Él cometió el error de poner esa canción en el reproductor del auto: -Sweet euphoria, mine is the heart you own... - aquella que él le había dedicado cuando recién se habían emparejado. Ella lloró con un dolor que podría haber desarmado a cualquiera.

Pasaron horas, no sabe cuantas, en las que ella permaneció tirada en cama, invocando la memoria de quien ya no estaba cerca. La pieza estaba oscura, ningún sonido violaba tal tanquilidad.
Se sacó toda la ropa y desnuda se metió a la cama. Rezó. Le pidió a Dios que la ayudara a olvidarlo. Rezó tanto que no se dió cuenta cuando ya estaba dormida, en pocisión fetal, con una lágrima en la mejilla.
Esa noche, él también la fue a visitar.

Yo sólo quiero que recuerdes eso, que fui un pasajero, allá entre tus sueños...
Fue la última canción que él le dedicó.

Esa fue su maldición.

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