9 de octubre de 2011

Isa y Magda (Parte Segunda)



No confío en los diarios de vida, los de papel y cartón, a esos me refiero. No luego del embrollo en que me metí por escribir sin censuras algo tan delicado.
Con la plata de la mesada, fui juntando de a poco hasta comprarme mi propio computador y como la Cecilia, mi madre, no sabe usar uno de estos, ni se enterará lo que escribo aquí.

Me da una lata enorme tener que andar escondiendo lo que siento, pero mi familia no está preparada para una noticia como esta.

Como sea, dejaré de escribir cosas tristes, porque hoy ha sido un día muy lindo y no quiero echarlo a perder.

Hace tiempo que venía arrastrando la idea de reencontrarme con la Magdalena. En parte por la prohibición que me impusieron mis padres de no verla más y, en gran medida, porque la extrañaba mucho.

Con la Magda somos amigas desde hace muchos años y le tengo un cariño enorme... y mucho más que eso. Es divertido recordar aquel primer día en el Liceo de Mujeres, cuando la Magda llegó a mi lado y me preguntó si se podía sentar en el banco de enjunto. Esa fue la primera vez que nos vimos. Se sentó conmigo y me metió conversa. Me pareció muy agradable, porque fue la primera persona que se interesó en hablarme. Creo que ambas nos sentíamos incómodas de estar en un lugar extraño, pero teniendo una aliada, ya la cosa se hace más llevadera.
Recuerdo a la Magda con su largo cabello crespo, negro, hermoso; su piel blanca y sus ojos marrones. Era un tanto más alta que yo y de contextura gruesa. Le gustaba andar con el pelo suelto, sus rizos salvajes le daban un aire imponente, proyectando una seguridad en sí misma que se confirmaba con sus cautivadores ojos marrones almendrados, pero con una gota de delicadeza y feminidad en sus labios alegres.
Ahora que lo pienso mejor, ella siempre estuvo a mi lado y nunca necesitamos de más amigas, porque todo lo que queríamos, lo encontrabamos en la otra.

Nos llevabamos muy bien, la química entre las dos se dio al instante, Dios sabe porqué. Yo le di mi amistad y ella me dio la de ella sin condiciones. Llegamos a ser tan unidas, que en un momento perdí la noción entre el cariño de amiga y la de algo más.

Un día, creo que para cuando estabamos en octavo básico, estando en mi casa, encerradas en mi pieza, estabamos hablando sobre muchachos por primera vez. No entendíamos esa conexión entre chicos y chicas. Nos acostumbramos tanto a estar entre mujeres, que la interacción con el sexo opuesto era más que nula. En fin, estabamos las dos enfrascadas en una conversación, imaginando qué sería estar con un chico, pero no podíamos llegar a ninguna conclusión. La Magda me dijo que ella quería conocer a alguien solo para poder dar su primer beso y saber qué se siente el amor. Yo la miraba fijo y de repente se me ocurrió decirle que practicaramos juntas, pero antes de decir nada me reproché a mí misma, ¿cómo se me ocurría pensar en besar a una mujer?, porque eso no era normal... ¿o sí?
Fue ahí, mirando los suaves labios de Magdalena, supe que ella me gustaba. No le dije nada, porque tenía miedo que le diera asco que a una mujer le gustara otra y ya no quisiera ser más mi amiga.

Después de ese episodio, comencé un diario de vida para poder escribir todos esos nuevos sentimientos que iba viviendo. Todas las páginas hablaban de Magdalena, de lo hermosa que era, de las ganas que tenía de besarla, de que no sabía hasta dónde podría llegar una atracción como esa, pero que no quería perderla nunca. Era tan fuerte la atracción, que la invitaba a mi casa a pijamadas, sólo para dormir con ella y abrazarla disimuladamente por la noche y poder oler su pelo.

Un mal día, mi madre entró a mi pieza y sacó mi diario de vida mientras yo estaba en el liceo. Allí se enteró de todo y quedó más que horrorizada. Supo que su hija era lesbiana y eso no lo iba a tolerar. Cuando llegué ese día a la casa, mis padres me esperaban en el 'living' y me increparon. Me preguntaron si todo lo que salía en mi diario era verdad y yo, cansada de esconder mis sentimientos, les dije que sí, que amaba a Magdalena, pero que nunca había pasado nada entre nosotras. Mi padre me abofetió y me dijo que era una inmunda y que me olvidara de ella, porque desde ahí en adelante, tenía pohibido acercarme a ella.
Como ellos ya venían arrastrando problemas en su matrimonio, decidieron separarse y, para protegerme y no ser encontrada por la Magda, mi padre me obligó a irme a vivir con él a Providencia y contrató un guardaespaldas para vigilarme todo el tiempo.

Así pasó un año, y mientras yo estudiaba diseño, conocí a un muchacho de mi universidad. Él me miraba siempre y se acercó a mí para invitarme a un café. Salimos un par de veces y como vi que se interesó por mí, creé un plan para alejar las sospechas de mis padres y que me dejaran tranquila. Acepté pololear con Joaquín, y lo presenté en la casa. Mi madre, fascinada, empezó de a poco a soltar la cuerda y era más permisiva conmigo. Ahí, junto con la ayuda de Joaquín, pude dar con el número de la Magda. Quería llamarla y salir una tarde con ella, sólo para poder encontrar un poco de paz. Extrañaba el olor de su cabello.

A los pocos días de haber dado con el paradero de la Madga, terminé con Joaquín porque cada día se ponía más engreído, que se las sabía todas por libro y lo único quería era acostarse conmigo. Yo le dije que no mil veces y sólo por mantenerlo a mi lado y cumplir mis propósitos, le daba besos, pero no me gustaba. A veces me sentía una prostituta por lo que hacía, pero todo era para estar con la Magda, auque fuera una última vez.

Desde un teléfono público la llamé:

-¿Magda?
-Sí, con ella.
-Hola, Magda, soy yo, ¡Isadora!

Hubo un silencio. ¿Y si me había olvidado? ¡Me muero!

-¿Isa? ¡No lo puedo creer!
-¡Créelo, galla! Oye, te llamaba para raptarte mañana. Sí o sí nos tenemos que ver. ¡Tengo mil cosas que contarte!
-Obvio que sí. Tú dime dónde y a qué hora y yo aparezco.

La fui a buscar a la boletería del metro Baquedano y apenas la vi, corrí a abrazarla y ella hizo lo mismo. Vi en sus ojos la emoción, estaba toda roja, se veía demasiado tierna. Gritamos, brincamos y nos volvíamos a abrazar. Me daban cosquillitas en el estómago cada vez que ella me miraba.

Nos tomamos por el brazo y fuimos camimando hasta el San Cristóbal. Me preguntó por las cosas que había hecho, cómo había estado, etc. Y le dije todo lo que me había pasado, obviamente omitiendo algunos detalles.

Nos refugiamos en Jardín Botánico y la llevé a un lugar apartado, privado, donde la tuviera sólo para mí. Nos recostamos a mirar el cielo y yo me sentía muy feliz, de tenerla allí, tan cerca, tan accesible, después de un año agónico en que habíamos estado alejadas.


No habló de ella. No le pregunté tampoco, porque ya lo sabía todo. Conseguí su Blog y leí todo lo que debía saber. Ella había entrado a estudiar a una Academia de Arte y se pasaba las tardes encerrada en su pieza pintando o haciendo alguna escultura. Siempre fue dada a la manualidad. Una vez me hizo un retrato y aún lo tengo colgado y enmarcado en mi pieza. Seguía viviendo donde mismo, con sus padres. No había tenido novio, pero sí hubo un muchacho que la prentendió. No tenía amigos. Era una ermitaña. Era ella y su arte.

Sabía que su pregunta llegaría en cualquier momento.

-¿Porqué estuvimos separadas tanto tiempo?-
-No lo sé. Creí que tus estudios te quitaban mucho tiempo- le contesté a modo de excusa.
-Pero nunca llamaste, hasta ayer. Yo intenté llamarte a la casa, pero como no sabía que te mudarías, nunca di contigo.

Supe que tenía que contarle todo y me dio mucha pena. Tarde o temprano tendría que confesar.

-Pucha, Magda, si te lo digo, te puedes enojar.
-No creo, dímelo, si nosotras nos contamos todo, ¿no?
-Sí, es verdad... Mi mamá me había prohibido juntarme contigo.
-¿Porqué?- me miró horrorizada.
-¡Pero no me mires así! si yo no quería... Tú eras... y yo... mi madre supo... y...- No aguanté la pena y me puse a llorar. Ella me abrazó con tanto cariño, como queriéndome consolar. Me pasó su pañuelito y me limpié las lágrimas.

-¿Qué pasó, Isa?- Insistió
-¡Prométeme que no te vas a enojar!
-¡Te lo prometo!
-¡Y prométeme que no dejarás de ser mi amiga, porque yo me muero!
-Te lo prometo, Isa, te lo prometo con todo mi corazón.

Me acerqué a ella, porque no podía evitar las ganas de confesarle que la amaba y que quería darle ese beso que muchas noches había anhelado.

-Madga, mi mamá leyó mi diario de vida a espaldas mías y se enteró de algo que no le gustó para nada.
-Ya. ¿Y puedo saber qué era?

La miré fijo y tomé su carita hermosa con una mano. Confesé.


-Me gustas. De eso se enteró.

Quedó muda y el mundo se me vino encima. ¡Ella ya no me querrá más! ¿Qué haré si ella no acepta mis sentimientos? Moriré.

-¡Magda, reacciona!, oye, ¿te enojaste?
-¿Ah? eh, no, o sea... no, Isa... Yo...

La abracé. No pude evitar el contacto, la cercanía que tanto deseaba y me aferré a su cuerpo, a su calor, a su piel suave, como si no fuera a soltarla jamás.

-Me has gustado siempre, desde que nos conocimos...- le dije al oído, con una desesperación que no me conocía. Continué. - ...y yo escribía todos los días de ti en mi diario. Mi madre, extrañada por que yo no le hablaba sobre muchachos y sólo hablaba de ti, sacó mi diario a hurtadillas y confirmó sus sospechas. Su indignación fue tanta que se lo contó a mi padre y ambos decidieron que debía alejarme de ti, porque no podían tener una hija lesbiana. Creyeron que alejándome de ti, a mí se me pasaría este amor, pero no lo lograron. Yo siempre te he querido, nunca he dejado de pensar en ti, ¡y todo este tiempo lejos ha sido una tortura! Pero ya no más. No soy una niña y he decidido asumir mis sentimientos. Te quiero, Magda, te quiero más que una simple amiga y te querré aunque tú no sientas lo mismo...
-Isa...
-... Espero que no te enojes conmigo. ¡Tú me lo prometiste! No puedes enojarte conmigo, porque yo me moriría si me dejaras sola por lo que te he contado...
-Isa...
-... y no quiero volver a perderte.
-Isa, ¡escúchame!

Yo no hacía más que llorar. No quería perderla y en ese punto, creía que todo se había acabado. Sin ella, mi vida no tenía sentido. Es todo mi mundo, mi gran amor.

-Isa, nunca voy a dejarte, ¿me oyes? ¿Cómo voy a dejarte, si yo siempre te he querido?, ¿Cómo voy a enojarme, si es lo más hermoso que me has dicho en la vida? ¡Isadora, tú me gustas desde siempre!

No podía creer lo que escuchaba. De pronto, un calorcito me recorrió el cuerpo y una sensación de alivio se apoderó de mí.

-¿De verdad?-
-¡Claro que sí, tontita! Eres lo más lindo que he visto en la vida. Yo estoy enamorada de ti...


Nos abrazamos. Fue un abrazo largo y yo estaba en las nubes. Si ambas nos gustabamos, ya nada podrá separarnos. Ni siquiera mis padres. Yo lucharé para estar juntas toda la vida, porque la amo, la amo con todo mi corazón. ¡Soy tan feliz!

Luego de nuestro abrazo, tomé su manito y sin decirle nada, le pedí que me hiciera cariño. Necesitaba sentirla cerca, toda mía y ella se acercó a mí y me dió un tierno beso en la mejilla.

Ya no me importaba nada más. Quería besarla.

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