13 de noviembre de 2011

Isa y Magda (Parte Final)



Ninguna de las dos se imaginaba lo que ocurriría ese día.
Ambas, cada una por su parte, había anhelado que algo así ocurriese; lo deseaban desde hace un buen tiempo atrás, pero entre sus más locas fantasías, la idea de ser correspondidas no tenía cabida alguna. El amor entre dos mujeres aún es tabú en su cultura.

Secretamente, y desde el día que se conocieron, habían desarrollado un lazo demasiado estrecho, tanto que para quien fuera un buen observador, sería muy evidente que algún sentimiento más allá de una simple amistad sucedía entre las dos. Sin embargo, los cariños y el buen trato entre dos mujeres siempre será muy propio de las amigas y ellas, cada quien por su lado y sin querer hacer relucir sus sentimientos, se aprovechaba de eso para lograr cualquier tipo de acercamiento.

Siempre se las vió muy cariñosas y unidas. Eran reticentes a dejar entrar a otras chicas a su círculo amistoso, porque a ambas les provocaban unos celos enormes de que la otra la dejase por el cariño de una tercera muchacha. Este acuerdo era tácito y ambas lo aceptaron sin tener que discutirlo. Además, las compañeras del Liceo daban por entendido que ninguna de las dos deseaba nuevas amistades. Eran ellas dos y nadie más.

La conexión entre ellas se dio en un instante. Magdalena, desde el primer momento que vió a Isadora, sintió un profundo afecto por ella, 'le echó el ojo' como se diría y sin miramientos se acercó decididamente a ella y le ofreció su amistad, acto que Isadora agradeció profundamente, ya que no conocía a nadie más en el Liceo.

Durante esos primeros días se contaron la vida entera y poco a poco fueron creando y fortaleciendo un vínculo que las uniría de por vida.

Magdalena era una chica reservada, pero de carácter fuerte y decidido. Vivía con su madre, su abuela y su gata, Marquesa. El padre, harto de ser 'gorreado' por su esposa, se marchó un día y no volvió más. Por un tiempo se mantuvo en contacto con Magdalena, y le enviaba dinero y presentes por correo, hasta que la correspondecia fue cada vez más reducida y discontinua, para luego ser nula. Magdalena lamentó por muchos años el abandono de su padre, pero lo entendía perfectamente, porque nadie podría aguantar una pareja que no podía mantenerse monógama.

La madre de Magdalena era una mujer coqueta por esencia. Siempre se le vió muy arreglada para salir en cualquier minuto del día. No era para nada una ama de casa abnegada, todo lo contrario, puesto que para eso había llevado a su madre a vivir con ellos. Era despreocupada y solo le interesaba salir con las amigas o seducir caballeros. Magdalena le conoció varios pololos, ninguno serio, ya que su mamá era la típica 'Olguita Marina', se veía un tanto presionada y corría despavorida. Lo que era imposible para su madre era mantenerse soltera. Siempre necesitaba un hombre que la alabara y le consintiera en su caprichos. Con lo buena moza que era, no faltaba el joven o el caballero que dispusiera sus cumplidos y su billetera a cambio de favores amorosos.

Magdalena odiaba que su madre fuera así, pensaba que era una vendida, por no decir algo peor, porque, más que mal, era su madre. Siempre creyó que su comportamiento había gatillado en ella el rechazo hacia los hombres. Inconcientemente, Madgalena creía que, si se interesaba por un chico, terminaría igual a su madre. Sin embargo, nunca se imaginó tampoco que podían interesarle las chicas, hasta que conoció a Isadora.

Isadora, por su parte, también venía de una familia rota. Desde muy pequeña presenció las peleas que tenían sus padres y las constantes amenazas de su padre con irse de la casa. Los problemas que tenían sus padres eran netamente económicos, ya que la madre de Isadora se casó con el padre por puro interés. Siempre muy arribista, creyó que el padre de Isadora era un buen partido, ya que siendo un empresario independiente podría otorgarle la vida lujosa que siempre quizo y que no tuvo de pequeña por provenir de una familia pobre.

Las continuas presiones por dinero por parte de la madre de Isadora hacia el padre es ésta, hizo que él entrara en un estado de estrés severo, lo que provocó que muchas noches él no llegara a la casa, embriagándose por ahí con cualquiera que estuviera dispuesto a acompañarlo.

Isadora, a pesar de ser hija única, estaba siempre en la mira de sus padres. No podía hacer nada que ellos desaprobaran, ya sea por carpicho o por falta a la moral. Siempre le exigieron las mejores calificaciones y sólo si era sobresaliente, sería premiada con lo que quisiese. Pero ella era brillante y no necesitaba del método conductista de enseñanza de sus padres para hacer y/o lograr algo. Isadora sabía muy bien que sus padres se mantenían juntos por ella y su sobreprotección se debía a que no tenían nada mejor que hacer en casa, aparte de peliarse entre los dos. Ella era lo único que tenían aún en común.

El notición de tener una hija lesbiana, cuando la madre de Isadora leyó su diario íntimo, fue la gota que revalsó el vaso y fue la excusa perfecta de su padre para abandonar ese hogar caótico. La familia se desmoronó y el padre tomó sus cosas, alquiló un departamento en Providencia y se fue de una vez por todas, llevándose consigo a Isadora y dejándole todas sus riquezas a la madre de ésta, para así evitar cualquier disputa por dinero y lograr la paz que tanto anheló por años.

A Isadora, la ruptura del matrimonio de sus padres no le afectó en lo absoluto. Vivir lejos de su aprensiva madre fue casi una bendición. Sus constantes regaños la tenían al borde de la histeria y sus padres, con el correr del tiempo, se volvieron más permisivos, aunque igual de exigentes. Si bien habían hecho un acuerdo de que un guardaespaldas la seguiría a todos lados, ella ideó métodos para recuperar la confianza perdida y obtener un poco más de libertad. Todo lo que quería era volver a ver a Magdalena. Es por esto que se emparejó con un muchacho de la universidad y pretendió que su homosexualidad había sido un mero deliz, una exploración de la sexualidad propia de la edad.

Joaquín, su pareja entonces, nunca imaginó que Isadora fuese lesbiana y la ayudó en todo lo que ella le pidió, porque, a pesar de demostrarse como un tipo arrogante y confiado, estaba muy enamorado de Isadora y temía perderla. Ella, por su parte, logró dar con el paradero de Magdalena y tan pronto como la encontró, se deshizo del muchacho, dejándole el corazón roto.

El día del encuentro fue mágico. Tras un año de separación, volverse a encontrar fue una experiencia que les llenó de júbilo. Allí, ocultas bajo el amparo protector del cerro San Cristóbal, testigo de muchos amores y desamores urbanos, se confesaron ese amor que traían consigo desde hacía tanto tiempo. El saberse correspondidas era algo impensable para ambas, pero al pasar los minutos, la idea no parecía tan descabellada, todo lo contrario, era maravillosa.

Permanecieron abrazadas por más de media hora. Ni Isadora ni Magdalena se querían despegar. Magdalena disfrutaba del exquisito olor a violetas de Isadora y esta, por su parte, se estremecía con el contacto de la suave piel de Magdalena. Tantas veces habían soñado con aquel momento. ¿Cómo sería? se preguntaban. Ya no había que seguir imaginándoselo: Ellas se amaban y nada podía importar más.

Estaban allí, abrazadas, disfrutando el calor de la otra, sintiendo deseos de algo más. Al separarse, sus rostros quedaron muy cerca, a sólo centímetros y la tensión era evidente. Se miraron fijamente a los ojos, sonríeron. Magdalena, tan suavemente como pudo, posó su mano en el mentón de Isadora, mientras que con la otra mano tomaba su espalda y la acercaba a sí. Muy lentamente, acercaron sus labios. 'Isa, ¿te acuerdas ese día en tu casa, cuando me insinuaste que debíamos ensayar nuestro primer beso juntas?', 'Sí, lo recuerdo perfectamente', 'Bueno, ese beso siempre te lo quise dar'.

Se besaron.
Fue suave, armonioso. Nadie las juzgaba, nada las apuraba. Se besaron tanto como quisieron. Jugaron con sus labios, sus lenguas. El olor de sus bocas les resultaba hipnotizante y se dejaron llevar por las emociones. Ya nada las separaría, ya nada les importaba. Se amaban y al carajo el resto, sus reproches y sermones de moralidad.

Dicen que en la guerra y en el amor todo se puede... Ellas ganaron su guerra, ellas viven su propio amor.

¿Y quién cree tener el derecho de negarle a otra persona el poder amar?, ¿Acaso...tú?.