23 de abril de 2012

De Ingrata Vejez





Se levantó tan temprano, que nadie notó que para antes del amanecer ya estaba recorriendo las calles de Santiago. Tampoco a nadie le importaba, para su familia él era un estorbo.
Ese dolor de huesos con el primer frío de la mañana, le recordó todos los años que llevaba a cuestas y se reprochó el haber llegado hasta allí de esa manera tan deplorable. 'Cuando se es joven, uno cree que es inmortal' pensaba para sí, mientras arrastraba los pies en dirección a Independencia. Con dificultad movía sus extremidades, la espalda encorvada y la cabeza agacha. Su pelo blanquecino lucía ese peinado 'Talco' y la ropa, tan vieja como él mismo, roída, sucia y maloliente, eran las únicas pilchas que poseía para cubrirse las carnes. ¿De a dónde iba a sacar ropa? Si sus hijos no le pasaban ni un peso de su pensión. 

Mientras caminaba por Teniente Ponce lo vio la Sra. Rosita, dueña uno de los almacenes del barrio, quien se encontrada afanada abriendo el local, esperando el primer pan del día, ya que la camioneta no tardaba en pasar. Al verlo acercarse curcuncho, con las manos en la cintura y una postura desafiante, le reprocha: 

-¿Pa' onde va, Don Eulogio?
-A ganarme la vida - Balbució a duras penas.
-¡Ah, no! Usted no se va ná a ganarse la vida sin tomar desayuno.

Lo tomó del brazo mientras él se dejaba llevar por esa mujer robusta y generosa. Era el ritual de todos los días. El té se lo tenía servido, porque sabía a qué hora iba a encontrar a Don Eulogio pasando por frente de su prestigioso almacén. Con el frío de las mañanas y los pocos trapos que él llevaba encima, necesitaba algo de calor para temperarse y alimento para soportar el día. Ella no sabía qué era lo que hacía Don Eulogio ni para dónde iba, porque el hombre apenas hablaba y con los pocos dientes que le quedaban, menos se le entendía; pero ella se preocupaba de darle algo de comer, porque intuía que nadie se levantaría tan temprano a servirse una taza de té al pobre viejo.
Le sirvió la taza casi a rebalsar y le ofreció el pan más blando, con un poco de queso fresco y palta, y para el golpe vitamínico, lo obligaba a tomarse un juguito de naranja natural, exprimida por ella misma.
Luego de un buen desayuno, se marchaba agradecido, esbozando una penosa sonrisa en esos labios marchitos y emprendía el viaje de nuevo. 'Queda un largo día y hay que aprovecharlo' se decía.

A pasos cortitos llegó a Independencia y caminó hacia el sur. Cada ciertos metros miraba el reloj de mano trizado que tenía en el bolsillo y se maldecía por ser cada día más lento para caminar. Los huesos le dolían cada vez con más inclemencia y aunque muchas veces debió quedarse en cama, se levantaba de todas formas a ganarse el sustento. 
Llevaba unos 300 metros recorridos en 15 minutos, los calcetines sucios por los hoyos de las suelas y y la frente un tanto sudorosa, cuando Don Juanito, el feriano, lo pilló deambulando por allí. 

-Oiga, Don Eulogio, no me esperó ná en la casa, pue' caballero. ¿Cómo se le ocurre salir sólo? Ya, véngase pa'cá 'eñor, que yo lo llevo- Le gritó el feriano y Don Eulogio, como viejo orgulloso que es, se negó con la mano y emprendió la marcha. Por más que le dolieran las articulaciones, no iba a incomodar a su amigo. -¡Qué es porfiao' uste' caballero! si no le estoy pidiendo ná por favor que se suba. Yo no lo voy a dejar caminar hasta Estación Mapocho solo, ¿No ve que va a perder gente? Pa' cuando llegue, todos estarán en sus trabajos. No sea leso, con todo respeto, y súbase que no me cuesta naíta llevarlo, si voy pa'llá mismo.

Fue así como Don Eulogio accedió y se montó en la furgoneta destartalada de Juanito, el feriano. Allí se dedicó a escuchar a su amigo, ya que sabía que Juanito había desistido de preguntarle cosas, porque no le entendía ni una palabra, por ende se dedicaba a contarle anécdotas de las caseritas y tips para comprar la mejor fruta de la vega.

Al llegar a Estación Mapocho, Don Eulogio se bajaba, agradecía y se marchaba a su puesto de trabajo, sin antes pasar al Kiosco de la esquina a buscar su cartelito. Don Roberto, 'jefe de local' lo saludaba de apretón de mano, como los caballeros, le acercaba su cartelito, le deseaba un buen día, y seguía colgando revistas de glamour y farándula en su pequeño kiosquito. Diez minutos más tarde, Don Eulogio se encontraba sentado en la escalera del Metro, con cartel en la mano y un tachito de peltre haciendo un bochinche con las monedas que le iban dando. Procuraba llegar temprano, para así aprovechar la afluencia de público madrugador.

La escena era triste y le rompía el corazón a quien se detuviera a mirarle, con la cara llena de arrugas, una precaria afeitada al tacto, sus ropas rotas, sus zapatos con hoyos y los sueños hechos polvo. Pero más triste era leer su cartelito escrito a mano, el mismo que mandó a hacer y que reza: 'Vivimos en una sociedad donde el adulto mayor es un estorbo, pero no les quiero incomodar. Sólo una pequeña ayuda y nada más.' 
Allí se quedaba hasta el mediodía -sea verano o invierno, con lluvia o con sol- y partía, con lo recaudado, a un supermercado cercano, compraba pan y pedía el baño prestado. Luego de la diligencia, se encaminaba, un tanto tembloroso, hacia Plaza de Armas. 

Se sentó en la primera banca que pilló y agarrando un pan, lo desmigó lentamente y lo tiró al viento. No tardaron en llegar las palomas, tan muertas de hambre como él, pero más disfrutaba viendo comer a las palomas, porque de cierta forma, se sentía necesitado por ellas. 
Podía pasar horas sentado en aquella banca, mirando a las palomas dispersarse cuando se les acababa el alimento; mirando a los transeúntes ir y venir, con sus rostros serios y con la mente en quién sabe dónde; miraba los edificios carcomidos por los años, los avances tecnológicos, a los extranjeros, a los niños correr y se imaginaba a los suyos, esos a quienes traía a esa misma plaza, junto a su mujer, la señora Imelda -Que en Paz descanse- cada fin de semana por medio.

Esos años... ¿Qué se habrán hecho? Todavía no entiende porqué tiene unos hijos tan ingratos. Les dio tanto como pudo, quizás no las mejores cosas o los juguetes de moda, pero el pan nunca les faltó y la educación era lo primordial. Él nunca fue a la escuela, pues su padre le mandó a ayudarlo a trabajar desde muy temprana edad, sin embargo, él se había preocupado que sus hijos no fueran analfabetos y se educaran lo que más pudieran. De la casa se preocuparía él y así lo hizo. Ahora de viejo, tuvo suerte que su hija menor lo recibiera en su casa y no lo enviara a un asilo, sin embargo, el abandono era notable.
Recordó ese día en que, sentado en las escaleras del Metro, vio a su hijo mayor pasar, después de años de no haberlo visto, y este le miró y le reconoció, mas la vergüenza se apoderó de él y siguió su camino con paso raudo, esperando no haber sido visto por su padre. Es un recuerdo que le atormentaba todo el tiempo.

A las 5 de la tarde, se apresuró a las mesas de la pérgola  y se sentó en una de ellas, esperando un buen oponente para jugar a las 'Damas', su única gran distracción. Disfrutaba conociendo gente de su edad y por unos momentos, olvidaba su triste vejez. 

Luego de los juegos, emprendía el viaje de vuelta a casa y esta vez nadie lo llevaría, puesto que decidió tomar otro rumbo, el de siempre. Se fue derechito por avenida La Paz, hasta llegar al Cementerio General. Allá se gastó la mitad de lo recaudado en flores y fue a visitar a su amada Imelda. Todos los días le dejaba flores nuevas y le balbuceaba lo que vivió ese día, tal cual lo hacía cuando su esposa vivía. Casi oscureciendo, emprendió camino de vuelta a casa, sin antes pedirle el favorcito y la bendición a su señora.

Al otro día, la señora Rosita no vio pasar a don Eulogio, ni Don Juanito lo acercó a la Estación, Don Roberto no le entregó el cartelito, tampoco las palomas fueran alimentadas; no fue contrincante de nadie en el juego de damas y por primera vez su esposa no recibiría flores nuevas, pues le había cumplido el favorcito... Don Eulogio se quedó dormido, descansando y no despertó más.